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No te pases de empática

A mí de pequeña me gustaban las acelgas, las lentejas y los mejillones al vapor. Y las historias de mi abuela, los culebrones de la tele o los cotilleos con la vecina en el ascensor. Me nutría a base de enredos, chismes y desgracias que en la mayoría de los casos, nada tenían que ver con el mundo de mi pequeña yo.
Sin siquiera ser consciente, mi niña interior desarrolló una habilidad sorprendente para escuchar lamentos ajenos y -esto es lo jodido- adueñar-se-los. Sin quererlo ni saberlo me había convertido en una oreja sin fondo en la que cualquier podía llegar, vomitar su basura emocional (viniera a cuento o no) e irse un poquito mejor de lo que llegó.
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Con el tiempo supe que a eso se le llamaba empatía, y gracias a que un día mi sistema endocrino dijo basta y colapsó de cortisol, es que aprendí que un exceso mal llevado de la misma conducía al desequilibrio de la propia balanza interior.
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Ahí comprendí cosas tales como la importancia de conocer nuestros propios límites y de aprender a marcar-nos/se-los. La necesidad de mantener un mínimo de separación entre mi yo y la historia de mi interlocutor. (evitando así caer en la tentación de convertirnos o que nos conviertan en co-autores de esa historia en cuestión) y también y sobre todo -y por mi propia salud mental y física- la comprensión e integración de LA NO SALVACIÓN. 
Porque aunque pueda parecer tonto o absurdo, lo que más nos desequilibra es nuestra propia AUTO imposición (inconsciente como no) en darle al otro LA solución.
CREEMOS -benditas creencias- que el otro necesita de nosotros una especie de epifanía que ponga remedio a su dolor o situación y NO. 
En serio, esa no es nuestra función. La empatía -o por lo menos lo que para mí y hoy en día es ser empático- es escucha activa, es apoyo y es comprensión, pero sobre todo sobre todo, es acompañar desde el Amor.

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