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ENVIDIA COCHINA

PRE-TEXTO (el origen y el porqué de este artículo)

Oye, ¿Tú alguna vez has sentido envidia? Yo sí, muchas. Y hasta hace no tanto, creía que lo mío ‘no tenía cura’. 
Por cierto, hola bonita mía, ¿Cómo estamos? :)

En este cuarto Correo/Artículo Salvaje quiero hablarte de la envidia, esa emoción tan perturbadora y tan común en nuestra historia, cultura y sociedad. Sobre todo, en nuestra propia historia personal…
Verás, no sé si a ti te pasa, pero yo, de toda la vida de Dios relacionaba la envidia con las cosas materiales, sí? Es decir, con que Fulanita tiene X y yo NO. De hecho, si te soy sincera siempre pensé que la envidia era cosa de niñas pánfilas o de mujeres insatisfechas y lo veía como algo que me quedaba lejos, del palo ¿Envidia, yo? Nah…

Hasta que un día, hace unos 3-4 años caí en la cuenta que ese sentimiento amargo que me punzaba tripas y corazón cada tanto, era E N V I D I A, ese ‘terrible’ pecado capital.
Cuando me di cuenta me sentí como el culo, para qué nos vamos a engañar. Yo me creía resuelta, con mucho camino hecho y mucho trabajo personal a cuestas, así que reconocerme como envidiosa fue un varapalo brutal.
Al principio recuerdo que sentí mucha vergüenza y mucha vulnerabilidad. Un amigo me lo había hecho ver en vivo y en directo y sentí como si me quitaran la ropa y me dejaran al desnudo por completo. Esa persona se había dado cuenta que mis críticas eran dardos que encubrían algo más y tirando tirando del hilo llegamos a la verdad.

Mi envidia no era material, sino intangible, por eso costaba más de detectar. Es decir, yo no sentía envidia por bienes materiales ajenos sino que mi envidia se basaba en algo completamente inmaterial. Yo envidiaba el goce, el amor y la complicidad en los demás, era una envidiosa emocional.
(mmmm, esto que voy a compartirte es muy íntimo, así que aquí se queda, sí? :) Gracias) 

Verás, cuando era pequeña parecía tener TODO lo que una niña podía necesitar: ropa, comida, clases extraescolares, juguetes, agua caliente para bañarme…
Digo ‘parecía’, porque si bien es cierto que -mi hermano y yo- teníamos TODO, siempre nos faltó algo más importante: la presencia de nuestros padres. 
Los dos trabajaban mucho, sobre todo mi madre que además tenía negocio propio, así que se iban muy temprano por la mañana y no volvían hasta muy tarde. La mayor parte de mi tiempo libre (fuera de la escuela) lo pasaba con mi abuela y a veces cuando mis padres regresaban, nosotros ya estábamos durmiendo en la cama de mi yaya. Todavía tengo flashes de ver a mi madre llevando en brazos a mi hermano dormido dirección al ascensor mientras mi padre me llevaba aúpa por el pasillo de casa de mi abuela.
Ahora sé que fueron tiempos muy jodidos para ellos. Ahora los veo no solo como papá y mamá sino como Josep y Anna, y no puedo reprocharles NA-DA. Sé que lo hicieron lo mejor que supieron y pudieron. ¿Quién soy yo para juzgarles? Se dejaron -literalmente- media vida para darnos TODO y es recién ahora que TODOS nos damos cuenta de qué era lo verdaderamente importante.
Yo no tenía a mi madre. Y eso es lo que envidiaba cuando nos íbamos de excursión con la escuela y todas las niñas saludaban a sus mamás por el cristal del autocar, menos yo.
Yo saludaba a mi abuela, que era casi lo mismo, pero no.
A mí mi madre no me ayudaba a hacer los deberes, ni jugaba conmigo, ni cocinábamos juntas ni íbamos al parque a pasear…
Yo envidiaba la madre de los demás. Las de mis amigas, especialmente la de algunas en particular. Y crecí con eso, sin saberlo.
Lo descubrí a los veinte y pico, pero no indagué en ello y cuando volví a abrir la herida ese día con mi amigo, me di cuenta que lo que había tras esa envidia era eso: una carencia emocional. Una herida en mi niña interior que no se había curado (la herida, no la envidia) y que había ido degenerando en diferentes formas. Ya no sentía envidia solo de las madres, sino de los novios o las mejores amigas. Del amor que entre esas personas se compartía.
Lo más curioso es que en el momento del descubrimiento yo tenía (y sigo teniendo) una hermosa relación con mi madre, mi compañero y mis amigas. Muy loco! La cosa estaba en que no le había puesto consciencia. No había sanado la herida y al estar escondida y ser yo inconsciente de ella, seguía jodiendo ni que fuera a penitas.


Gracias a darme cuenta de cuál era la carencia que se escondía tras esa envidia es que pude empezar a trabajar en aquellos elementos que permitieron una transformación de mi realidad. A día de hoy no te diré que NUNCA siento envidia, porque no sería cierto pero sí es verdad que me ocurre muy puntualmente y que cuando me sucede, tengo las herramientas para detectarlo en el mismo momento y cambiarlo en un tiempo récord.
Dicho esto, y la voy cortando que tela la de rato que llevo escribiendo (y tú leyendo) hoy quiero compartirte un artículo en el que te explico este mecanismo de transformación de la envidia que uso yo.
Lo he publicado en Escritos, en el blog de Sierra Salvaje, y lo tienes tanto en formato texto como audio, por si quieres escucharlo mientras haces otro algo :)

La envidia tiene muchas caras, pero como explico en el artículo, ninguna de ellas es sana. La envidia es una emoción que si no se trabaja, por inercia es destructiva y nos afecta mucho más de lo que puede parecer a simple vista.
Nuestra autoestima, nuestras capacidades y nuestros talentos quedan mermados por culpa de la envidia, y con ello, las posibilidades de vivir plenamente nuestras propias vidas.
De ahí que haya dedicado este cuarto correo a este tema, porque además a día de hoy, con las redes sociales taaaaaan presentes en nuestro día a día, la envidia se está convirtiendo en casi una epidemia, tanto para el envidiado, como para el que envidia.

Hola, tienes ante ti un artículo que habla sobre la envidia.
En él te cuento qué es, por qué sentimos envidia, para qué sirve y también algo sobre el síndrome de Solomon. Es un artículo largo, para leer sin prisas, así que si lo prefieres, puedes escucharlo mientras vas camino al trabajo o haces la cena.
El audio lo tienes justo aquí al lado, son 15′ y para el texto, simplemente sigue leyendo. Vamos.

Audiopost: ENVIDIA COCHINA

por Elia | CONTENIDO SALVAJE

LA ENVIDIA


 

Los seres humanos somos envidiosos. Nos han enseñado a serlo. Desde pequeños nos ‘educan’ para competir y compararnos TODO EL TIEMPO y claro, así vamos creciendo, envidiando el bien y el gozo ajeno sin darnos cuenta que LA ENVIDIA sostenida y no reconocida nos enferma, aunque ojo, la envidia NO es una enfermedad.
(¿Qué es la envidia?)
La envidia es solo una emoción más de las quinchicientas que tenemos, y no se trata de curarla para que desaparezca -amigos, ese truco NO FUNCIONA- sino de comprender su origen y descubrir QUÉ función cumple en esa situación en concreto (y ya de paso, en nuestra vida en general)

Verán…
La envidia es natural, pero no es sana. No nos engañemos.
Es decir, TODOS (en algún momento) sentimos o hemos sentido el impulso de desear algo que alguien tiene y yo no tengo, eso es natural, sobre todo si uno tiene mucho y el otro tiene poco o menos. Lo insano viene cuando yo ya no solo deseo lo que el otro tiene sino que además, mi más ferviente deseo es que el otro no tenga lo que tiene, aunque tampoco lo tenga yo, que parece un trabalenguas pero no.
Y esa envidia que de sana no tiene nada, la llevamos por dentro en nuestra intimidad más subjetiva e individual, intentando ocultarla y que pase desapercibida porque CREEMOS que si la expresamos pública y abiertamente, estaremos declarando algún tipo de inferioridad.
Es MUY loco esto.
Porque además, al ser un sufrimiento íntimo, el envidiado por lo general, ni lo sabe ni jamás se va a enterar. Es el envidioso el que verdaderamente lo pasa mal. O sea, somos nosotros, tú, yo o quien sea que cuando sentimos envidia empezamos a sentirnos -incluso físicamente- MAL.
Pero… ¿Por qué?

¿POR QUÉ SENTIMOS ENVIDIA?


 

Bueno, como decía más arriba, todos (o la mayoría) hemos sido  educados y programados para evaluarnos a nosotros mismos en función de la comparación con los demás. Lo curioso es que lo hacemos de un modo tan automático e inconsciente que casi nunca nos damos cuenta del momento exacto en que ese pensamiento está sucediendo.
Cuando nos presentan a alguien por ejemplo. Es inevitable. Lo primero que hace nuestra mente es procesar a la persona que tenemos enfrente, analizando  y comparando si es más alta, baja, guapa, fea, simpática, antipática, o lo que sea, que una. QUE YO, vaya.
También lo hace cuando un amigo nos cuenta lo bien que le van las cosas, sin ir más lejos. O cuando entramos en redes y vemos la vida de los demás. Sobre todo esto. Las redes se han convertido en una fuente inagotable de envidia y sufrimiento y no solo no nos damos cuenta sino que cada vez más personas se vuelven adictas a ello.
Es un bucle muy loco la verdad.


La cosa es que nos han enseñado a sentirnos inferiores o superiores a alguien, y este hecho, tan inconsciente y anclado en nosotros, nos impide percibir que JUZGAMOS CONSTANTEMENTE. Todo el tiempo nos comparamos, y acto seguido nos juzgamos. Si el balance salda a nuestro favor… Nos sentimos por encima, pero ¿y si el balance salda en nuestra contra?
GLUPS. ¿verdad?
Es muy curioso además que esta comparación no es azarosa porque fíjate tú, que tendemos a compararnos con aquellas cosas o rasgos con los que nos sentimos más INseguros y que más incertidumbre y miedo al rechazo nos generan.

Es decir, la envidia se activa tras compararnos con otra persona  -ya sea por su aspecto, capacidad intelectual, posición social, poder económico, whatever..-  y llegar a la conclusión de que NOSOTROS nunca vamos a poder tener/ser ‘ESO’. Para mí, ahí es cuando la envidia empieza a manifestarse en nosotros a través de sensaciones y emociones tales como la rabia, la frustración y la decepción. Sentimos rabia hacia el otro por lo que tiene/hace/es y sentimos frustración y decepción para con nosotros mismos por no tenerlo y no ser capaces de conseguirlo. O sea, nos sentimos inútiles e incapaces, ahí es ná.
La envidia saca esa parte oscura y beligerante que todos tenemos y que hace que nuestra boca se convierta en una máquina de soltar sapos contra la persona envidiada, llegando incluso a cuestionar la forma o el método que esa persona ha usado o seguido para ser lo que es o estar dónde está.
Y ojo, no solo eso, porque a veces ocurre que hay personas a las que la envidia las ciega y son las que llevan a la práctica eso de ‘si yo no puedo tenerlo, tú tampoco deberías tenerlo’ y la lían parda, pero bueno,
Dejando de lado los extremos, quería añadir que en ocasiones, y ahora hablo a título personal, además de rabia yo también siento un poco de tristeza, y siento como la envidia induce a mi autoestima a hacerse un poquiiiito más pequeña. La envidia pone el foco en lo que no tengo, y así, por lo menos en mí, surge el sentimiento de carencia y cuanto más lo pienso, más envidia y carencia siento. Me siento de menos y en esos momentos lo cierto es que me resulta MUY complicado alegrarme por el éxito ajeno .
Entonces, ahora que ya sabemos qué es, cómo surge y porqué, y tenemos clarísimo que la envidia es una porquería que  solo nos hace sentir mal…

 

¿PARA QUÉ SENTIMOS ENVIDIA?


 

Pues veamos, así a simple vista parece que la envidia sirve para señalarnos nuestras frustraciones, sí? Nos indica que hay cosas importantes para nosotros que no hemos conseguido y eso nos genera frustración, pero también y como decíamos antes, decepción. La decepción nos lleva a un nivel más profundo en nuestro ser interior ya que aparece cuando consideramos que no estamos capacitados para conseguir aquello que queremos, es decir, nos muestra nuestras limitaciones. La incapacidad para ser, hacer o tener algo en particular. Eso es lo que nos decepciona…

Vale, hasta aquí la envidia (por sí misma) parece neutra, porque si te fijas lo único que está haciendo hasta ahora es ponernos delante de una info personal muy valiosa, la cosa está, o el truco está mejor dicho, en usar esa información de una manera provechosa.
Una manera de sacarle provecho es practicar un cambio en la mirada, es decir, dejar de poner la atención en el otro, en el quién y fijarnos en el qué. ¿Qué es eso que el otro tiene, hace o ES, que me genera envidia?
Cuando nos centramos en el otro lo único que hacemos es buscar argumentos que justifiquen nuestros sentimientos de rabia y envidia hacia él, cuando nos centramos en ESO QUE ENVIDIAMOS de esa persona, podemos hacer el cambio de chip. Eso sí, para definir el qué, necesitas ser honesto eh, si te auto engañas el truco no funciona. Y sí, es muy fácil ser deshonesto con uno mismo porque las respuestas a esos qués, a menudo ponen de relieve nuestros miedos, nuestras limitaciones, las inseguridades que tenemos y también el auto concepto mental de nosotros mismos, a mi me ha pasado muchas veces, pero he aprendido que vale la pena, literalmente, atravesar esa situación de incertidumbre y de miedo por unos momentos, que seguir sintiendo envidia toda la vida sin saber que en verdad puedo hacer algo con ello.
Algunas preguntas que puedes hacerte para empezar a practicar ese cambio de mirada son (¿qué es eso que deseas del otro? ¿Por qué es tan importante conseguirlo? ¿Por qué crees que no lo puedes conseguir? ¿Qué te incapacita su logro? ¿Es algo que has deseado siempre o ha sido después de vérselo a otra persona? ¿tienes la certeza que lograr ESO te satisfaría tanto como piensas?)
Sí? La idea es llegar al meollo del asunto, al motivo real por el cual tú estás sintiendo envidia. Una vez llegas ahí, empieza la transformación.
El ‘objeto’ envidiado se transforma en un objetivo, en una motivación, en un MOTOR que impulsa ese cambio que cada uno necesita para ir acercándose a aquello que desea conseguir, ya sea algo material o algo más intangible.

Llegados a este punto, lo interesante es comprender el funcionamiento de la envidia en sí y usarlo a nuestro favor.
Así que la próxima vez que sientas envidia, tómalo como un ejercicio de introspección. Fíjate en qué es EXACTAMENTE ESO qué envidias y no te pierdas en ello sino que indaga qué es lo que esa carencia despierta en ti,  ahí podrás ver las creencias que tienes sobre tus limitaciones, sobre tus capacidades y sobre tus verdaderos anhelos. Muchas veces no envidiamos que Fulanita ha salido de fiesta 5 veces en un mes sino que lo que nos jode es que nosotros no tenemos una vida social tan activa como la de Fulanita. Pues bien, una vez detectamos el origen del sufrimiento, es que somos capaces de movilizar esa energía que nos inunda de un modo más provechoso y en vez de perturbarnos con una imagen (a menudo idealizada) de algo externo, podemos aprovecharla para iniciar esas acciones que son necesarias para en este caso del ejemplo, ampliar nuestro círculo de amistades, o ser más sociales o lo que sea.


La onda es dejar de luchar contra nosotros mismos y desgastarnos malgastando energía al pedo y usar esa energía para -en primer lugar- reconocer humildemente nuestras limitaciones (físicas, económicas o del tipo que sean), y -en segundo- usar esas carencias como motor para incitarnos a la acción positiva de aprender, adquirir o practicar aquello que hemos detectado que REALMENTE necesitamos para alcanzar esa forma de felicidad.

EL SÍNDROME DE SOLOMON


 

No quería terminar este artículo sobre la envidia sin hablar de las personas que padecen el síndrome de Solomon, que es el nombre que le pusieron a un experimento que hizo un señor hace unos años en una escuela. Si quieres saber en qué consiste el experimento tienes el link más abajo, yo aquí me centro en sus conclusiones y es que con este experimento, Solomon Asch demostró que formamos parte de una sociedad que tiende constantemente, a condenar y menospreciar el talento y el éxito de los demás.
Y es muy loco como eso se refleja en las personas talentosas porque la mayoría de ellas, y por temor a ser envidiadas y posteriormente NO aceptadas o excluidas, paralizan su progreso individual, ya sea a nivel personal o laboral.
Es decir, cuando para evitar destacar, brillar o sobresalir en un determinado grupo o núcleo, tomamos decisiones o adoptamos comportamientos tipo autoboicot… estamos padeciendo el síndrome de Solomon. Tenemos miedo que nuestras acciones o nuestros logros o incluso una determinada manera de ser, puedan llamar demasiado la atención y al ser expuestos frente a los demás, puedan dejarnos en una posición total de vulnerabilidad y que los demás se ofendan y nos ataquen o nos hieran o nos hagan sentir mal.
Y ojo, si bien este síndrome hace un retrato de la loca condición social actual, también pone de manifiesto que las personas que lo sufren,  tienen falta de autoestima y de confianza en ellas mismas ya que CREEN, nuevamente una creencia jodedorcilla, que nuestro valor personal se basa en la valoración que hacen de nosotros, los demás.


Así que ahora ya sí para terminar y después de todo esta exposición sobre la envidia podemos concluir, resumir y finalizar diciendo que la envidia es una emoción natural que todos en algún momento padecemos, que no es grave siempre y cuando NO se nos descontrole y le jodamos la vida a un tercero o nos afecte tanto que nos lleve a un malestar insoportable  O esto último que decíamos incluso de que dejemos que el síndrome de Solomon haga mella en nosotros y que si bien la envidia sana NO existe, sí que existe una oportunidad de mejora personal e individual implícita en ella ya que esta emoción, bien utilizada, puede ser un motor brutal para la consecución de nuestros metas y sueños en general.
Así que ya sabes, la próxima vez que sientas envidia, fíjate en el qué, que es lo que exactamente envidias, en el porqué, por qué sientes envidia y usa el para qué, como práctica para la introspección y como motor para el cambio.
Verás que así, al dotarte de todas aquellas capacidades, recursos y conductas que tú anhelas para ti, te irás dando cuenta que la envidia ya no tiene un impacto negativo en ti y es más, llegará un punto en en el que no solo dejarás de sentirla sino que empezará a transformarse y podrás gozar de la alegría, los éxitos y los logros de los demás.
Muchas gracias por estar del otro lado, nos vemos/leemos/escuchamos en breve.
Un gran abrazo,

Èlia

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